En la noche del eterno descanso.

Pegaba un viento muy frío cuando el pequeño Rigo terminaba de lavar los platos a la luz de la luna, en ese fregadero junto a la pileta, en el reducido patio. El niño de tan sólo 10 años ya tiene manos duras por el trabajo en la milpa, pero aún así no deja de sonreir y emocionarse dando cuenta de su corta edad.

El agua está helada, pero el niño termina de lavar los platos y los lleva a la cocina, con su madre, quien termina de recoger la mesa. La madre le despide por el día de hoy, le da un beso en la mejilla y le desea buenas noches, no sin antes mencionarle que se debe despedir del abuelo quien, después de cenar, se retiró a descansar a su cuarto en la esquina.

El niño se acerca a la habitación, resistiendo el frío viento del monte. Toca a la puerta sin recibir respuesta, sólo se escuchan pequeños golpes. Vuelve a tocar pero ahora no hay sonido alguno. Sintiendo un pequeño escalofrío que recorre su espalda, el niño se preocupa y le avisa a su madre mediante un grito:

¡Mamá! ¡el abuelo no abre la puerta!

La madre se acerca extrañada por tal comportamiento de su padre. La mujer toca a la puerta y pasa lo mismo, nada. Preocupada abre la puerta para saber qué pasa con el viejo. Está oscuro y no se ve bien, por lo que ordena al pequeño que traiga una vela y el pequeño corre a la cocina. Mientras tanto ella se acerca a su padre, quien está acostado en su cama.

¿Papá? ¿qué tienes?

Y  sólo se escuchan gemidos, el abuelo no responde y presiona la mano de su hija, quien se ha preocupado al máximo. El pequeño niño llega corriendo con la vela tratando de no apagarla, y todo se ve con claridad. El abuelo está acostado con los ojos cerrados, como si estuviera soportando un gran peso, toma la mano de su hija mientras sangra por la nariz. Trata de hablar pero no puede.

¿Papá? ¿qué te pasa? ¿qué tienes?

No hay respuesta y el abuelo deja de presionar, deja de toser y ya no intenta hablar.

¡Rigo, háblale a tu papá! Tu abuelo se puso mal.

El niño corre con su padre, quien se encuentra en aquel pequeño cuarto junto a la cocina.

Apá, el abuelo está malo. Dice mi mamá que vayas a su cuarto.

El hombre al inicio piensa que es una broma, pues el abuelo es un hombre enérgico, sin vicios y con mucha temple. Sin embargo ve al niño agitado y con preocupación. Sale de su cuarto al encuentro del abuelo. Al ver la escena del viejo agonizante se acerca rápidamente para saber qué pasa.

¡Señor! Oiga… ¿me escucha?

Trata de mover al abuelo con ambos brazos, lo sujeta de la cabeza y el anciano no da señales de respuesta, sólo una respiración pausada.

Rigo, háblale al Memo.

El pequeño niño enérgico corre con sus hermanos, quienes ya están en su cuarto. Sin rasgos de cansancio Rigo le avisa a su hermano mayor que su padre le solicita.

Memo, que dice mi papá que vayas.

Memo sin reclamar se levanta tranquilo, ignorando lo que ha sucedido.

Apúrale, que el abuelo está malo. – Reclama el pequeño.

Memo, quien a sus 15 años tiene la madurez de un hombre de familia, se preocupa inmediatamente y va al cuarto del abuelo. Se acerca a su padre sin dejar de ver al abuelo yaciente.

Memo, córrele con tu tío, dile que le hable a la doctora. Pero córrele que tu abuelo se puso malo.

Sin pensarlo Memo sale corriendo de aquel cuarto. El viento se siente menos fuerte, las piernas dejan de pesarle y no tiene problemas para cruzar medio monte entre la oscura vereda, saltando bardas de piedra y diversos matorrales; mientras al fondo se escuchan los ladridos y aullidos de los perros y coyotes, como si fueran un coro macabro y funesto.

Memo ha llegado agitado con su tío, quien va llegando de comprar algunas cosas en el pueblo.

Tío, buenas noches. Perdóname tío, pero que le hables a la doctora porque mi abuelito está malo. No sé qué le pasa, le sale sangre de la nariz y no responde.

Espérate mijo. No te desesperes. A ver, espérame tantito. – El tío toma su teléfono celular y marca con desesperación. – Doctora, perdone que le hable horita, pero mi papá se puso mal. Que le sale sangre de la nariz y no responde. Sí, a ver si puede verlo ahoritas. Ta bueno, la alcanzo allá en casa de mi apá.

El hombre, va a avisarle a su esposa que saldrá a casa de su padre mientras Memo lo espera con ansias.

Listo, Memo. Ámonos con tu abuelo.

Y así, en el suave cobijo de la noche los dos se suben a la camioneta, sin dirigirse ni una palabra, sin mirarse siquiera. Memo comienza a sudar mientras su tío agarra torpemente el volante del automóvil. Ambos se sienten confundidos, aturdidos. La camioneta se detiene con fuerza frente al burdo portón de maderos. Los dos se bajan para correr inmediatamente al cuarto del viejo quien sigue sin responder, sangrando poco a poco, lentamente.

Jovita ¿qué le pasó a mi apá?

No sé, no me responde ni nada y le está saliendo sangre. Llámale a la doctora.

Ya, ya le hablé. Que dice que viene en camino. Minutos después se escucha el pitido de un automóvil y Memo sale al encuentro. – Doctora, buenas noches. Acá está mi abuelito. Pásele, por aquí, en su cuarto. La doctora tranquilamente se dirige hacia el cuarto y saluda a todos mientras se adentra en la habitación.

Buenas noches.

Buenas noches, doctora. – Le responden todos. Se inclina ante el abuelo y comienza a analizarlo.

¿Qué síntomas ha presentado?

Hace ratitos estaba tosiendo bien feo, le salió sangre de la nariz y oitas nomás respira bien despacito. – Le responde Jovita.

Está bien, necesito que me dejen verlo mejor para checar qué le pasa. Espérenme afuera.

Después de examinarle en un ambiente tenso, la doctora se dirige a la hija del viejo.

Señora, necesitamos una ambulancia, hay qué llevarlo al hospital urgentemente, parece que le dio un derrame cerebral. La doctora saca su teléfono celular y habla al hospital para que le manden una ambulancia. – Buenas noches. Sí. Disculpe, necesito que me manden una ambulancia a Daxthi, yendo a Deguedó, en la primera salida después de la curva del cerro pelón. Ajá, ahí. Sí, por favor, urgente.

El ambiente se pone más tenso a cada minuto que el abuelo sigue sin dar respuesta alguna. La doctora continúa tomando lectura del estado del abuelo sin atreverse a mirar a los ojos a sus hijos y nietos. Una hora después llega una patrulla y un oficial se acerca al cuartito.

Buenas noches ¿aquí pidieron una ambulancia?

Sí, el señor está enfermo y necesitamos llevarlo de urgencia al hospital ¿dónde está la ambulancia? – Menciona la doctora.

Lo que pasa es que la ambulancia no está disponible ahorita. Venimos nosotros para llevarlo.

Sin retrasar más las cosas acomodan el interior de la patrulla para poder trasladar al anciano. El frío ya no pega en ninguna persona, los escalofríos son de preocupación, de incertidumbre, de inseguridad y miedo.

Ven, papá. Vamos al hospital. – Le dice la mujer al oído.

Los niños se quieren subir en la parte trasera de la patrulla pero no los dejan, su padre les regaña y les dice que se queden en casa.

Ustedes quédense aquí. Cuiden la casa mientras. Memo, si alguien viene les dices que fuimos al hospital, cuida a tus hermanos, que se duerman.

Ya con el abuelo en el interior la patrulla arranca forzadamente entre aquellos caminos de terracería pesada.

El tiempo transcurre lentamente para todos, cada respiración, cada paso, cada parpadeo, todo, todo es más lento; mientras el abuelo sigue como dormido, como si estuviera descansando, con su rostro tan sereno y pasivo. Ya en el hospital lo bajan rápido pero delicadamente. Le ponen en una camilla mientras la doctora se mantiene a su lado.

Ustedes esperen aquí. – Le dice a la familia. – Doctores, es una emergencia, hay posible derrame cerebral. Tengo los signos vitales controlados

Y así, la doctora desaparece con el viejo entre enfermeras, doctores y asistentes. Se fue para allá, a los pequeños cuartos, entre camillas y cortinas viejas, como un antiguo sueño que nadie quiere recordar. Llenando de angustia cada vez más a las personas.

Es de madrugada y en unos minutos va a amanecer. La doctora sale de entre los pasillos del hospital y se dirige a los familiares, quienes aguardan ansiosos en la pequeña salita de espera.

Señores, creo que ya saben que el señor está muy mal. Efectivamente, le dio un derrame cerebral. Lamentablemente no hemos podido hacer mucho, le instalamos una sonda y prácticamente está sobreviviendo gracias a ella. Por el momento pueden pasar a verlo un ratito nada más.

Jovita se tira en llanto a los brazos de su esposo, mientras su hermano se tapa la cara tratando de contener un grito de desesperación, un grito que a la vez es contenido por un gigantesco nudo que siente en la garganta, asfixiándolo, callando todo.

Minutos después, los tres se dirigen a la camilla del abuelo. Los dos hombres se quitan el sombrero y la mujer se seca las lágrimas tratando de fingir una sonrisa ante su padre.

Papá ¿cómo estás? Me dijeron que te estás recuperando ¿verdad que sí? Nos estás asustando mucho. Recupérate por favor. Tus nietos se quedaron esperándote. – Sin embargo el anciano sigue sin responder. Se ve tan indefenso acostado entre tantos tubos, botellas de suero y aparatejos.

Los hombres le ven tan sorprendidos y confundidos por lo que le ha pasado, no lo terminan de asimilar. La mujer siente impotencia ante lo que pasa, se siente tan débil sin su padre, muy confundida, pero sobre todo con mucho coraje por lo que pasa; quiere hablar, quiere despertarlo, quiere gritar.

Por favor dime que te vas a recuperar. – Le reprocha de nuevo la mujer, apretándole la mano y agachando la cabeza como si estuviera rezando. Pero en realidad tan sólo piensa en una cosa: en lo indefensa que se siente ahora sin su padre.

Pasan unos cuantos minutos y todos están sentados junto al abuelo. De repente se escucha un pitido muy acelerado en un aparatejo del abuelo. El anciano se agita un poco y su cuerpo se torna rígido, como si estuviera congelándose, la mandíbula presiona fuertemente, y el pitido acelerado ahora se tornó en un pitido constante, sin pausas, como si estuviera marcando la pauta final de una obra fúnebre. La mujer grita desesperadamente.

¡Doctor! ¡Doctor a mi papá le pasa algo!

Rápidamente acuden y se dan cuenta que tiene un ataque al corazón.

Permítannos, háganse para atrás.

El abuelo forcejea consigo mismo para mantenerse con vida. Todo es tan rápido y nadie se da cuenta que pierde las fuerzas repentinamente, deja de presionar, deja de luchar, deja de sufrir. Los médicos hacen lo posible para mantenerle vivo. Aún minutos después siguen intentando, pero es en vano.

A las 5:00 am del día 2 de Noviembre del año 2007, el abuelo deja de respirar. Funesta fecha para dejar de vivir. Descanse en paz Antonio García.

Lo que acabo de relatar es en homenaje a aquella persona que llegó a vivir sencilla pero grandemente hasta hace poco. Efectivamente, era mi abuelo. Lo escribí como una forma de compartir lo que muchos llegaran a sentir en algún momento. Tal vez a unos les parezca aburrido, simplemente les quiero decir que si no es de su agrado simplemente ignoren el post, no es para ustedes.

De la misma forma quiero reconocer la fuerza de algunas personas que pueden llegar a sobrellevar este tipo de situaciones, así como mi padre a quien admiro tanto. Es de grandes personas tener el temple necesario para soportar una pérdida grande. Así como pasó la fecha en que recordamos a nuestros seres queridos que han fallecido, yo creo que en lugar de recordar su muerte mejor revivamos todo aquellos momentos que compartimos juntos.

Lamentablemente algunas personas no han podido demostrar lo que sienten o lo que piensan de todos aquellos a quienes aprecian. No dejen ir esos pequeños momentos que le dan sentido a la vida. Nunca tengan miedo de dar un abrazo o demostrar cuánto admiran a una persona. En realidad nunca sería demasiado tarde para expresar lo que sentimos pero sin duda es mejor cuando se le dice a la persona de frente, sin tapujos. Indudablemente es mejor ver la sonrisa y sentir el calor de aquellas personas a quienes queremos.

Aprovechen la vida ahora que pueden y si tienen ganas de sonreir háganlo, si tienen ganas de llorar pues desahóguense, si es necesario gritarle o mentarle la madre a alguien entonces háganlo. Nada es más difícil que aguantar la carga de un sentimiento guardado.

No se trata de recordar siempre, nadie vive de recuerdos, se trata de nunca olvidar, todos somos lo que hemos vivido. Ante todo, sean felices, siempre hay algo que nos mantiene vivos y que nos inspira, no dejen ir eso; no dejen que un pendejo cagado cualquiera les venga a decir qué tienen que hacer con su vida. Acepten consejos, nunca es obligatorio seguirlos, pero es mandatorio pensarlos.

Vivan con su familia, no es necesario habitar con ellos pero tengan en cuenta que son parte de la organización más unida a la que pueden pertenecer. Habrá gritos, habrá regaños tal vez, pero jamás faltará el calor de familia, ese calorcito que nos da tantas y tantas experiencias juntos y que sobre todo nos enseña a vivir. Admiren a su padre por llevar una familia exitosamente, feliciten a su madre por educar de gran manera a sus hijos. Reconozcan a sus hermanos, son sus almas gemelas, a veces retorcidas, pero iguales al final.

Y finalmente, no tengan miedo de vivir, pues en realidad nomás tenemos de dos sopas: miedo y ganas de vivir. Recuerden para aprender, conozcan el mundo y jamás olviden a los que tanto les quisieron e influyeron en ustedes. Yo por el momento quisiera recordar por hoy a las personas que influyeron en mí y que no puedo decirles cuánto les estimo pues han fallecido.

– Doña Cristina Ortiz Quijada.

– Apolinar Cruz.

– Doña Silvestra Quijada.

– Don Facundo (¡cómo te extraño, recanijo!).

Don Antonio García.

Si alguien más gusta de recordar a sus seres queridos o hacer algún comentario al respecto es perfectamente bienvenido. Gracias por leer, mis lawalocos.

Post originalmente escrito y publicado el 5 de Noviembre de 2007 para el HHH Congal.

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